jueves, 4 de enero de 2018

FIN DE AÑO

Hace poco leí un artículo sobre el tiempo que decía entre otras cosas, que las medidas que empleamos los seres humanos para medir el tiempo en años, meses. días. horas y segundos son sólo nuestra manera de entender una variable que realmente no ha sido descifrada por la ciencia. Es sólo nuestra manera de expresar nuestra percepción. Así, nuestras vidas transcurren en un pasado presente y futuro que realmente no existen.

La fiesta de fin de año. Esta costumbre humana, no es muy popular en mi familia, que tradicionalmente la pasa durmiendo con la excusa de que es el agüero que nos permite dormir bien por todo el siguiente año. Sin embargo hace tres años que no paso esta fecha en mi casa familiar sino que lo he compartido, los dos años anteriores, con mi esposo en el Ecuador, en la típica fiesta de pueblo indígena-campesino; y este año con una amiga, que amablemente me invitó a pasar con ella y su familia extendida para que no tuviera que estar sola en mi apartamento mientras toda la ciudad se divertía.

Fue una velada agradable. Comimos una rica cena con pernil de cerdo que tomó varios días de preparación, algunas ensaladas, puré y un vino tinto de verano  aderezado con frutas en conserva. Todo estuvo delicioso. Luego pasamos al apartamento de otra vecina, donde la sensación fue mejorar el atuendo con tatuajes falsos y tomarnos selfies para presumir de ellos con la familia. Luego bajamos a la playa a ver los fuegos artificiales. Mientras daban las doce, algunas familias corrían con sus maletas, otras hacían rituales con fuego, mientras trepaban en las sillas de playa para evitar tener los pies sobre la tierra, otros se hacían manifestaciones de cariño antes de quedar inconscientes por el consumo de alcohol que había antecedido a la media noche, nosotras chismeábamos  y otros, trabajaban para que los demás pudiéramos festejar. Al mejor estilo de cenicienta, a la media noche tuve que dejar la fiesta porque me atacó un virus especialmente violento, que me mandó a cama a reflexionar sobre el fin de año durante el primero de Enero. He aquí algunas de mis reflexiones:
  • Necesitamos rituales. Desde la época de las cavernas, hasta nuestros días los rituales nos dan la seguridad de que de alguna manera mágica controlamos nuestra vida. Inventamos recetas, que aplicamos sin sentir vergüenza en los días en que es socialmente aceptable. (no me imagino a las mismas personas de la fiesta paradas en las sillas de sus oficinas, hoy, dando inicio a su año laboral.) como tampoco me imagino a mí misma con tatuajes falsos por ahí, cualquier día de la semana.
  • El alcohol actúa como catalizador de nuestras emociones y nos ayuda a expresar las cosas que estando sobrios no nos atrevemos a decir. Que no dijimos durante todo un año de vida.
  • Habitamos dos medidas de tiempo que según la ciencia no existen: el pasado, que nos sigue para llenarnos de arrepentimientos y el futuro, que nos acecha con su incertidumbre. Nos es muy difícil estar presentes aquí y ahora. Y disfrutar lo que la vida nos ofrece en este preciso instante. O añoramos ese tiempo pasado en que todo fue mejor o soñamos con un futuro del que no tenemos sino el instante siguiente.
  • En ese mismo sentido, no nos permitimos demostrar nuestro cariño a los nuestros, comer la comida que nos gusta, vestirnos bonito, disfrutar de los placeres sencillos de la vida sino en ocasiones especiales (como el fin del año). Tampoco nos permitimos reflexionar a diario y reorganizar el camino mientras lo recorremos sino que guardamos los buenos propósitos para el siguiente año e inconscientemente somos espectadores de la vida de la que deberíamos ser protagonistas.
 Mi conclusión es que necesitamos más fiestas de fin de año. No necesariamente el 31 de diciembre. Necesitamos ser conscientes de nuestra vida a diario. Ser agradecidos. Aprender a estar presentes. Repartir las emociones y las frustraciones del año en cuotas mensuales, así como hacemos con las obligaciones económicas, para ir manteniendo el balance y tomando acciones cuando podemos.
Cuando era más joven disfrutaba de los paseos de río. Esos donde uno se metía al agua para sentirla pasando sin nadar contra corriente y sin dejarse arrastrar por la misma. Esa es mi imagen del tiempo y de la vida hoy. Un río, en el que estoy sumergida por un instante, del que no puedo encontrar el nacimiento ni llegar a la desembocadura, pero del que puedo disfrutar el punto en el que me encuentro. ¡Feliz año!