
Siempre he creído que la lectura es el aprendizaje más
importante en la infancia. No sólo porque es la puerta de entrada a los
conocimientos en todas la áreas del conocimiento sino porque es una puerta que
nos permite escapar de las adversidades de nuestras propias vidas al mundo de
la imaginación y de la creatividad, donde todo es posible, incluso huir de la
pobreza. Así fue para mí en mi infancia. De la mano de Juana Spyri conocí los
Alpes Suizos; con los hermanos Grimm visité los bosques de Europa y salí
triunfante de peleas imposibles con brujas y ogros; con Julio Verne le di la
vuelta al mundo, viajé al centro de la tierra y al fondo del mar; con Robert
Luis Stevenson navegué con piratas para encontrar tesoros y vivir aventuras en
los mares del sur y en general traspasé las fronteras de mi pueblo y evadí la cruda realidad de mi país en guerra. Los libros
fueron mis mejores amigos de infancia y adolescencia. Puedo decir sin lugar a
dudas que pasé más tiempo con ellos que con mi familia y compañeros de colegio.
Por eso cuando pensé en tener un lugar para apoyo de tareas,
pensé en tener libros disponibles para que los niños pudieran leer. Gracias a
la ayuda de Susana Pinto, a quien le conté de la idea del taller, pronto tuve
una pequeña biblioteca y algunos libros de texto. Roger me donó los libros
infantiles que tenía en su biblioteca y en un viaje a Quito, me compró dos libros más, en inglés con
actividades para niños. En un viaje a Bogotá llevé mis propios libros y recibí
generosas donaciones de familia y amigos para nutrir mi pequeña biblioteca con
diccionarios y otras herramientas de trabajo.
Al principio los niños no estaban muy interesados en los
libros. Asistían a su clase, hacían sus tareas y regresaban a sus casas. Pero
con el pasar de algunos días comenzaron a quedarse algunos minutos para mirar
los libros. Luego me los comenzaron a pedir prestados. Y empezaron a leer.
Uno de los problemas más complicados en el sistema educativo
de países como Colombia y Ecuador es el hecho de que los niños cursen su
educación primaria, en algunos casos sin saber leer y escribir. Son afortunados
los niños que pasan por primero o segundo grado y aprenden, pero algunos de
ellos llegan incluso a grados de bachillerato sin haber aprendido. Mis vecinos
del frente del taller tenían ese problema. Lenin y Jahir estaban cursando
tercero y cuarto de primaria en el colegio del pueblo, pero no sabían leer.
Conocían algunas palabras, algunas combinaciones de letras, pero no podían
escribir a partir de un dictado y no podían leer. Estaban luchando con el
problema, con la dificultad adicional, de que su padrastro les había prohibido
pasar al taller a tratar de aprender. Algunas tardes Lenin se escapaba de su
casa y me pedía prestados sus cuentos favoritos para copiarlos. Gracias a Lenin
y a mis conversaciones recientes con niños en Santa Marta resolví el enigma de
cómo pasaban los niños de grado a grado: la habilidad que desarrollan es la de
copiar. Pasan del tablero a sus cuadernos, los conocimientos que se supone
deberían estar adquiriendo, sin entender que copian. Y prestan mucha atención,
para poder responder a las preguntas que los profesores hacen en clase. Algunos
incluso desarrollan buena letra. Pero las letras no tienen significado en su
cabeza. No saben para que sirven. No les dicen nada. Me contaba María, una de
mis alumnas actuales que ella se destaca en clase por ser la primera que termina
de copiar lo que el profesor escribe en el tablero. Se siente orgullosa de que,
al menos en eso, ella es mejor que los niños de su clase que sí saben leer.
Me duele decir, que al menos conmigo, Lenin no aprendió a
leer. Una de las tardes en que se quedaba conmigo jugando con los libros,
mientras yo hacía el aseo del salón, se le hizo muy tarde y su familia lo
encontró estudiando. Lo castigaron y no pudo regresar. Es muy triste ver que
sus padres prefirieran que pasara las tardes jugando en la calle y con malas
compañías en vez de dejarlo ir a aprender. Todavía no logro entender por qué.
Por el contrario, acá en Santa Marta, María e Hilda hacen el viaje desde
Ciénaga, con ayuda de una profesora vecina de su comunidad, para dedicar las
mañanas de los sábados a aprender a leer. Poco a poco están descifrando las
combinaciones de las letras mientras trabajamos en proyectos sencillos, como
aprender a hacer postres.
Otra de las cosas dolorosas que descubrí en Cahuasqui fue
que la única biblioteca pública del pueblo fue unificada con la biblioteca
escolar. Se cerró al público y la persona que estaba a cargo de administrarla,
pasó de ser la bibliotecaria del pueblo; que hacía actividades de promoción de
lectura con toda la comunidad e incluso actividades de extensión de servicios a
las comunidades más alejadas del caso urbano de la parroquia, como Guanibuela y
la Forida, a caballo, y pasaba algunos días compartiendo sus libros con niños y
adultos; a ser la secretaria del colegio. Y la biblioteca, pasó de estar abierta
al público de todas las edades en el pueblo, a estar encerrada y cerrada en el
colegio. Perfecta aplicación de la frase “ni raja, ni presta el hacha” a las
autoridades educativas del Ecuador, a quienes les reconozco grandes logros pero
también graves equivocaciones como esta.