Una tarde, mientras llegaba al taller, me abordó un niño de
primero de primaria en la calle, hijo de unos amigos. - Profe, yo quiero ir a
clases con ud. -, me dijo. En ese momento sólo estaba dictando clases de inglés
para niños un poco mayores que él, por lo que le expliqué que no podía tenerlo en mi clase. Cuando me encontré
con su mamá le conté que el niño quería clases, pero que a su edad era más
importante aprender a leer y escribir que aprender inglés. Le ofrecí, darle
clases a su hijo, para reforzar sus conocimientos de lectura y escritura, si se
lograba armar un grupo de al menos cinco niños. Al cabo de pocos días llegaron
cuatro niños. Y abrí mi primer curso de apoyo de lectura y escritura.
Las clases con los pequeñitos fueron muy divertidas. En
contra de lo que las mamás querían decidí enseñarles palabras en lugar de
sílabas. Repasamos el alfabeto, los números, leímos cuentos y jugamos con las
palabras. En mi formación como bibliotecóloga fue un desafío tratar de
enseñarles a leer y escribir. Entendí que no importa cuánto uno crea que conoce las teorías educativas, por haber
leído o haber oído de ellas, es diferente enfrentarse a un niño que quiere
aprender y no repetir las mismas prácticas de enseñanza que emplearon con
nosotros. Mi tesis de maestría en educación trata de prácticas de enseñanza, y
tanto durante la maestría como durante la investigación leí mucho acerca de
métodos de enseñanza y prácticas de enseñanza, pero con mis alumnos de
Cahuasqui entendí que llevar la teoría a la práctica requiere de mucha
consciencia y mucha paciencia, especialmente conmigo misma. Cada niño es un
mundo distinto, un ritmo distinto y una manera de aprender distinta. Mis
alumnos de lectura y escritura reclamaban calificaciones, lo que me implicó
aprender a hacer caritas felices con la forma de diferentes animales.
Los niños asistieron sólo un mes a clases. Aunque creo que
adelantaron un poco en su proceso de aprendizaje, un mes no es suficiente… así
que aprendieron bien las letras y tuvimos muchas tardes de lectura de cuentos.
Me contaron sus historias personales, compartieron conmigo sus creencias y sus
miedos, me enseñaron sus juegos e hicimos muchos ejercicios de imaginación. En
el segundo curso de lectura y escritura tuve solo una alumna y cerré el curso.
Creo que con esos cursos, yo fui la más beneficiada, aprendí mucho con y de
ellos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario