martes, 25 de octubre de 2022

LA VIDA EN EL CAMPO

 


Me mudé a la casita en Tabio después de Navidad. Organicé mis cosas e hice un ritual de fin de año en el que quemé mi año viejo, dejando atrás todas las penas del paso y dispuesta a iniciar una nueva vida.

Me costó un poco acostumbrarme a salir en la madrugada hacia la ciudad, pasar algo así como dos horas en el transporte para llegar a la oficina a tiempo y salir con tiempo suficiente para no quedar atrapada en el tráfico en la noche. Sin embargo estaba fascinada con los paisajes de la sabana en las mañanas, con sus campos dorados y envueltos el bruma. En las noches no era tan agradable el regreso pero normalmente lograba un puesto en el bus y dormir un poco antes de llegar a la casa.

Los gatos y el perro se adaptaron con facilidad a su nueva situación. Con un poco más de tiempo se hizo la cerca alrededor de la casa y el perro pudo correr con libertad por los 250 mts. que rodeaban la casita, hizo amigos perrunos en la vecindad y se curó de todas las enfermedades que traía de Bogotá.  Era un perro felíz. Los gatos lo miraban por las ventanas de la casa con indiferencia. Para ellos, lo más agradable eran las tardes de sol y los sonidos de los pájaros en el jardín.

Y cuando ya nos estábamos acostumbrando a la rutina de la salida al trabajo, los almuerzos en el pueblo los fines de semana y la vida tranquila del campo, llegó la pandemia. El Covid 19 nos obligó a permanecer encerrados en nuestras casas, nos enseñó a trabajar de manera remota y nos cambió la forma de vivir. En ese momento, la decisión de mudarnos al campo pasó de ser una aventura para convertirse en una bendición. Si bien no teníamos libertad para salir sino un par de días a la semana siempre estaba la opción de caminar por la carretera veredal frente a la casa, salir al jardín a trabajar un rato y saludar a la vecinos a la distancia.

El encierro me motivó a intentar una huerta de verduras. Compré semillas e hice un semillero de diferentes hortalizas de clima frío de las que mejor se adaptan a la sabana. Curiosamente, en ese primer experimento todas las semillas germinaron. Fue la mejor motivación para apostarle a la independencia alimentaria.

La nueva rutina implicaba madrugar a regar, revisar las plantas, hacer desayuno e iniciar la jornada laboral. Al finalizar la tarde, una nueva salida al jardín,  a hacer trasplantes, quitar hierbas y disfrutar del atardecer. No era una vida perfecta, pero dadas las circunstancias que se estaban viviendo en todo el país, éramos muy afortunados de tener libertad limitada.



Transcurrieron seis meses sin novedades hasta que recibí una llamada en donde me invitaban a presentarme para un trabajo en una entidad dedicada a la protección del medio ambiente. Mi trabajo soñado.





lunes, 24 de octubre de 2022

COMO ENCONTRAR LA RAÍZ…

 

Todo es culpa del perro. O bueno, para ser justos, de la decisión de tener un perro adoptado.

Mi hijo y yo habíamos llevado una vida sin lograr establecer raíces en ninguna parte. La vida había transcurrido entre trasteos y circunstancias que inevitablemente llevaban a un cambio de casa, de ciudad, de trabajo. En nosotros era evidente esa frase empresarial que indica que la única constante es el cambio.

Hasta que llegó el perro.

El perro llegó en una mañana soleada de domingo, con un compromiso firmado de darle un hogar para toda su vida. Era una cosita negra, de ojitos tristes, muerto de hambre y con todas las enfermedades posibles para un cachorro de tan corta vida. Tenía sarna, tos de perro, estaba lleno de parásitos y en fin… necesitaba una cita urgente con el veterinario. Le adaptamos el baño de atrás del apartamento, pero pronto se acostumbró a dormir con mi hijo. Y pronto todo el espacioso apartamento en que vivíamos empezó a oler a perro, se convirtió en una zona de guerra entre los gatos y el cachorro invasor y hubo que levantar un muro divisorio para tener algo de paz en la casa.

Dada la gravedad de la sarna que tenía el perro, encontrar una fórmula para sanarlo pasó por visitar muchos veterinarios y evitar la salida al parque para no contagiar a los perros de todos los vecinos.

Así las cosas, el perro nunca pudo ser entrenado para hacer sus necesidades fuera. Además, el cachorrito elegido porque supuestamente iba a ser de raza pequeña de convirtió en un perro inquieto de talla mediana, nervioso y activo que parecía un demonio de Tasmania. A su paso dejó varios cojines destruidos, tierra de las únicas plantas en todos los rincones de apartamento y el riesgo siempre presente de que se comiera un vidrio del taller de mosaico de Gauli.

Como todos los cambios de vida, éste empezó como algo sencillo. La búsqueda de una casa con patio, con espacio suficiente para el perro y con un piso fácil de lavar en caso de accidente.

El arriendo de una casa con patio en Bogotá era más o menos el doble de lo que recibiríamos por el arriendo del apartamento que teníamos. Pero en los pueblos de las afueras de Bogotá los arriendos eran más cómodos. 

Al final nos decidimos por una casita en Tabio y un mini apartamento para mi hijo en Bogotá. Era el final de año del 2019.