Me mudé a la casita en Tabio después de Navidad. Organicé mis cosas e hice un ritual de fin de año en el que quemé mi año viejo, dejando atrás todas las penas del paso y dispuesta a iniciar una nueva vida.
Me costó un poco acostumbrarme a salir en la madrugada hacia la ciudad, pasar algo así como dos horas en el transporte para llegar a la oficina a tiempo y salir con tiempo suficiente para no quedar atrapada en el tráfico en la noche. Sin embargo estaba fascinada con los paisajes de la sabana en las mañanas, con sus campos dorados y envueltos el bruma. En las noches no era tan agradable el regreso pero normalmente lograba un puesto en el bus y dormir un poco antes de llegar a la casa.
Los gatos y el perro se adaptaron con facilidad a su nueva situación. Con un poco más de tiempo se hizo la cerca alrededor de la casa y el perro pudo correr con libertad por los 250 mts. que rodeaban la casita, hizo amigos perrunos en la vecindad y se curó de todas las enfermedades que traía de Bogotá. Era un perro felíz. Los gatos lo miraban por las ventanas de la casa con indiferencia. Para ellos, lo más agradable eran las tardes de sol y los sonidos de los pájaros en el jardín.
Y cuando ya nos estábamos acostumbrando a la rutina de la salida al trabajo, los almuerzos en el pueblo los fines de semana y la vida tranquila del campo, llegó la pandemia. El Covid 19 nos obligó a permanecer encerrados en nuestras casas, nos enseñó a trabajar de manera remota y nos cambió la forma de vivir. En ese momento, la decisión de mudarnos al campo pasó de ser una aventura para convertirse en una bendición. Si bien no teníamos libertad para salir sino un par de días a la semana siempre estaba la opción de caminar por la carretera veredal frente a la casa, salir al jardín a trabajar un rato y saludar a la vecinos a la distancia.
El encierro me motivó a intentar una huerta de verduras. Compré semillas e hice un semillero de diferentes hortalizas de clima frío de las que mejor se adaptan a la sabana. Curiosamente, en ese primer experimento todas las semillas germinaron. Fue la mejor motivación para apostarle a la independencia alimentaria.
La nueva rutina implicaba madrugar a regar, revisar las plantas, hacer desayuno e iniciar la jornada laboral. Al finalizar la tarde, una nueva salida al jardín, a hacer trasplantes, quitar hierbas y disfrutar del atardecer. No era una vida perfecta, pero dadas las circunstancias que se estaban viviendo en todo el país, éramos muy afortunados de tener libertad limitada.


