martes, 1 de mayo de 2018

EL MURAL DE LOS DIBUJOS


El taller de tareas no estaba diseñado para dar clases  de arte a los niños. Aunque me encanta pintar, no considero que mis conocimientos sean suficientes para enseñar a otros y mucho menos cobrando (así fuera muy poco) por hacerlo. Sin embargo el interés de los niños por el arte llegó al taller por cuenta propia. Un día, durante el primer curso, Sebastián y Patricio trajeron dibujos de regalo. Muy orgullosa del talento de mis alumnos, publiqué sus dibujos en la pared cercana al tablero. A los pocos días, algunos de los otros niños hicieron sus contribuciones. Poco a poco la pared cercana al tablero se fue llenando de las obras de arte de mis alumnos. Fueron apareciendo sus caricaturas favoritas, experimentos con colores y lápiz, escritos de tinta invisible que revelaba su mensaje al contacto con el calor y dibujos de sus animales favoritos.
No hice dibujos con ellos. Ahora, que ya no estoy en Cahuasqui  lamento no haber dedicado una semana de clases gratuitas a temas como la pintura. He visto como algunos de mis alumnos están desarrollando sus habilidades para pintar y me gustaría haber compartido con ellos mi interés en el tema. Espero que tengan la oportunidad de perfeccionar sus técnicas y desarrollar su interés con el apoyo de personas que los puedan ayudar a expresarse a través del arte. A veces el tiempo en el aula se limita a las cosas básicas urgentes (leer, escribir, aprender matemáticas) y se queda por fuera una de las formas de expresión de la humanidad desde el comienzo de los tiempos: pintar. No en vano los primeros seres humanos primero pintaron en las cavernas, antes de inventar la escritura y las matemáticas.

SEMANA DE CLASES GRATUITAS

En mi trabajo como voluntaria en el colegio, tuve la oportunidad de conocer a los niños de los diferentes cursos y ver quienes tenían un interés especial por aprender. También pude descubrir cómo algunos niños tenían problemas con la lectura y la escritura, que les impedían acceder la los conocimientos de las demás materias. En un intento por acercarme a ellos decidí dar algunas semanas de clases gratis, entre el cierre de un curso y el inicio del siguiente.
Las clases gratuitas tuvieron gran acogida. Tuve varios grupos de niños que asistieron a ellas cuando se presentó la oportunidad. Como apenas teníamos una semana, el objetivo de estas clases no era aprender temas nuevos sino reforzar los temas aprendidos en el colegio. Los alumnos que asistían de manera permanente al taller disfrutaban de la oportunidad de lucir sus conocimientos frente a sus amigos menos adelantados y los visitantes, aprendían de ellos cosas sencillas como el uso del diccionario y la afición por el buen uso del tiempo libre pintando o leyendo.
Para mí, una de las mayores satisfacciones era ver cómo el número de niñas asistentes a clases aumentaba en las semanas de clases gratis. No es una novedad que las niñas tienen menos oportunidades de educarse en las zonas rurales, y muchas de mis alumnas sólo pudieron asistir durante esos días. Sus padres tenían otras ocupaciones para ellas en casa o simplemente no contaban con recursos para invertirlos en hijas que "tarde o temprano van a dejar de estudiar para formar un hogar".

PROFESORA VOLUNTARIA

Desde que llegué a Cahuasquí tuve la intención de trabajar como voluntaria. Hice un primer intento de acercarme al colegio tan pronto como llegué al pueblo, en el que busqué a la rectora, le conté de mis intenciones de vivir en el pueblo y le ofrecí mi ayuda como voluntaria. Amablemente ella me explicó que no era posible que estuviera en el colegio todo el tiempo y declinó mi oferta.
Después de unos meses de haber abierto el taller y tener organizado mi horario, conocí a Diane, madre de tres niños, de Luxemburgo, quien se encontraba en Cahuasquí en la maravillosa experiencia de viajar con su esposo y sus hijos un año, en el Ecuador, trabajando como voluntarios y permitiendo que sus hijos conocieran otras maneras de ver el mundo. Al final de su viaje por Ecuador, Diane me ofreció intermediar con el colegio para intentar nuevamente ofrecer mis servicios como voluntaria. Tras una breve conversación con el nuevo rector y la administradora, me permitieron ir en calidad de profesora de inglés de los cursos de primaria. Yo estaba feliz. Por fin iba a poder darle clases a todos los niños, sin tener que preocuparme por el dinero. De todas maneras no me iban a pagar, al menos inicialmente. Debo reconocer que me interesaba acercarme al colegio para intentar conseguir un trabajo formal como docente, porque aunque mi trabajo en educación obedece más a mi pasión por el tema que a interés económico, mis finanzas no andaban muy bien, así que poder trabajar de manera formal era una buena manera de resolver mis problemas.
Tendría clase los martes y los jueves, una hora por semana en cada grado. Al principio pensé que iba a perder mis alumnos de las tardes. Pero tanto los padres como los niños, pronto se dieron cuenta de que una hora cada semana no es suficiente para aprender un segundo idioma. Sin embargo, para algunos de los niños que no podían ir al taller, era interesante tener la opción de tener al menos una hora de clases de inglés cada semana. Otros simplemente estaban disfrutando el cambio en su jornada de aprendizaje, otra persona, otra voz, un método distinto.
Entre los profesores fui más o menos bien recibida. Algunos cumplieron el compromiso de quedarse conmigo durante la hora de clase para hacerse cargo de la disciplina. Al principio era un poco molesto para ellos interrumpir su clase para hacer espacio para el inglés, pero con el tiempo me integraron a sus actividades, me invitaron a pasar con ellos el tiempo del descanso y a compartir las onces. Cada día, pasábamos el tiempo del recreo de los niños disfrutando de algún plato típico, y de una breve conversación en la que tuve la oportunidad de conocer un poco más de cerca el sistema educativo del Ecuador.
En esas sesiones me enteré de que la mayoría de los maestros  estaban nombrados de manera provisional; que los cambios en las políticas educativas los beneficiaban en cuanto al salario pero que habían perdido muchos de sus tiempos libres; que ya en el país no se contaba con muchos colegios en las áreas rurales, sino que se había dispuesto de mecanismos como transporte escolar y refrigerios para concentrar a los niños en las Unidades Educativas del Milenio; que todos vivían en la ciudad y viajaban diariamente a las parroquias en las que dictaban sus clases; que muchos querían ser trasladados a instituciones más cercanas a sus hogares.
Las dos mejores experiencias siendo profesora voluntaria en el pueblo fueron cuando el primer fin de semana salí a hacer el mercado y los niños me saludaron en la plaza "profe, profe" y cuando, una tarde, subiendo hacia la  casa me encontré con dos de mis alumnos que estaban recogiendo leña en la carretera y de pronto uno de ellos se acercó y me abrazó. Nunca logré que mi trabajo pasara de ser voluntario a ser pago, pero esas dos experiencias no tienen precio. Creo que mis compañeros de trabajo, viviendo en la ciudad, no tuvieron la oportunidad de conocer a sus alumnos tan bien como yo, viviendo en el pueblo. Considero que para un maestro es necesaria la experiencia de conocer la vida de sus alumnos más allá de las paredes del colegio, para poder encontrar, a partir del conocimiento de sus vidas cotidianas, mejores maneras de enseñarles, pero sobre todo de disfrutar del cariño sincero e inocente que ofrecen los niños a todo aquel que muestra interés en conocerlos y formar parte de sus vidas.





    

LECTURA LIBRE


Una tarde, mientras llegaba al taller, me abordó un niño de primero de primaria en la calle, hijo de unos amigos. - Profe, yo quiero ir a clases con ud. -, me dijo. En ese momento sólo estaba dictando clases de inglés para niños un poco mayores que él, por lo que le expliqué que no  podía tenerlo en mi clase. Cuando me encontré con su mamá le conté que el niño quería clases, pero que a su edad era más importante aprender a leer y escribir que aprender inglés. Le ofrecí, darle clases a su hijo, para reforzar sus conocimientos de lectura y escritura, si se lograba armar un grupo de al menos cinco niños. Al cabo de pocos días llegaron cuatro niños. Y abrí mi primer curso de apoyo de lectura y escritura.
Las clases con los pequeñitos fueron muy divertidas. En contra de lo que las mamás querían decidí enseñarles palabras en lugar de sílabas. Repasamos el alfabeto, los números, leímos cuentos y jugamos con las palabras. En mi formación como bibliotecóloga fue un desafío tratar de enseñarles a leer y escribir. Entendí que no importa cuánto uno crea que  conoce las teorías educativas, por haber leído o haber oído de ellas, es diferente enfrentarse a un niño que quiere aprender y no repetir las mismas prácticas de enseñanza que emplearon con nosotros. Mi tesis de maestría en educación trata de prácticas de enseñanza, y tanto durante la maestría como durante la investigación leí mucho acerca de métodos de enseñanza y prácticas de enseñanza, pero con mis alumnos de Cahuasqui entendí que llevar la teoría a la práctica requiere de mucha consciencia y mucha paciencia, especialmente conmigo misma. Cada niño es un mundo distinto, un ritmo distinto y una manera de aprender distinta. Mis alumnos de lectura y escritura reclamaban calificaciones, lo que me implicó aprender a hacer caritas felices con la forma de diferentes animales.
Los niños asistieron sólo un mes a clases. Aunque creo que adelantaron un poco en su proceso de aprendizaje, un mes no es suficiente… así que aprendieron bien las letras y tuvimos muchas tardes de lectura de cuentos. Me contaron sus historias personales, compartieron conmigo sus creencias y sus miedos, me enseñaron sus juegos e hicimos muchos ejercicios de imaginación. En el segundo curso de lectura y escritura tuve solo una alumna y cerré el curso. Creo que con esos cursos, yo fui la más beneficiada, aprendí mucho con y de ellos.

NIÑOS Y LIBROS


Siempre he creído que la lectura es el aprendizaje más importante en la infancia. No sólo porque es la puerta de entrada a los conocimientos en todas la áreas del conocimiento sino porque es una puerta que nos permite escapar de las adversidades de nuestras propias vidas al mundo de la imaginación y de la creatividad, donde todo es posible, incluso huir de la pobreza. Así fue para mí en mi infancia. De la mano de Juana Spyri conocí los Alpes Suizos; con los hermanos Grimm visité los bosques de Europa y salí triunfante de peleas imposibles con brujas y ogros; con Julio Verne le di la vuelta al mundo, viajé al centro de la tierra y al fondo del mar; con Robert Luis Stevenson navegué con piratas para encontrar tesoros y vivir aventuras en los mares del sur y en general traspasé las fronteras de mi pueblo y evadí la cruda realidad de mi país en guerra. Los libros fueron mis mejores amigos de infancia y adolescencia. Puedo decir sin lugar a dudas que pasé más tiempo con ellos que con mi familia y compañeros de colegio.
Por eso cuando pensé en tener un lugar para apoyo de tareas, pensé en tener libros disponibles para que los niños pudieran leer. Gracias a la ayuda de Susana Pinto, a quien le conté de la idea del taller, pronto tuve una pequeña biblioteca y algunos libros de texto. Roger me donó los libros infantiles que tenía en su biblioteca y en un viaje a Quito,  me compró dos libros más, en inglés con actividades para niños. En un viaje a Bogotá llevé mis propios libros y recibí generosas donaciones de familia y amigos para nutrir mi pequeña biblioteca con diccionarios y otras herramientas de trabajo.
Al principio los niños no estaban muy interesados en los libros. Asistían a su clase, hacían sus tareas y regresaban a sus casas. Pero con el pasar de algunos días comenzaron a quedarse algunos minutos para mirar los libros. Luego me los comenzaron a pedir prestados. Y empezaron a leer.
Uno de los problemas más complicados en el sistema educativo de países como Colombia y Ecuador es el hecho de que los niños cursen su educación primaria, en algunos casos sin saber leer y escribir. Son afortunados los niños que pasan por primero o segundo grado y aprenden, pero algunos de ellos llegan incluso a grados de bachillerato sin haber aprendido. Mis vecinos del frente del taller tenían ese problema. Lenin y Jahir estaban cursando tercero y cuarto de primaria en el colegio del pueblo, pero no sabían leer. Conocían algunas palabras, algunas combinaciones de letras, pero no podían escribir a partir de un dictado y no podían leer. Estaban luchando con el problema, con la dificultad adicional, de que su padrastro les había prohibido pasar al taller a tratar de aprender. Algunas tardes Lenin se escapaba de su casa y me pedía prestados sus cuentos favoritos para copiarlos. Gracias a Lenin y a mis conversaciones recientes con niños en Santa Marta resolví el enigma de cómo pasaban los niños de grado a grado: la habilidad que desarrollan es la de copiar. Pasan del tablero a sus cuadernos, los conocimientos que se supone deberían estar adquiriendo, sin entender que copian. Y prestan mucha atención, para poder responder a las preguntas que los profesores hacen en clase. Algunos incluso desarrollan buena letra. Pero las letras no tienen significado en su cabeza. No saben para que sirven. No les dicen nada. Me contaba María, una de mis alumnas actuales que ella se destaca en clase por ser la primera que termina de copiar lo que el profesor escribe en el tablero. Se siente orgullosa de que, al menos en eso, ella es mejor que los niños de su clase que sí saben leer.
Me duele decir, que al menos conmigo, Lenin no aprendió a leer. Una de las tardes en que se quedaba conmigo jugando con los libros, mientras yo hacía el aseo del salón, se le hizo muy tarde y su familia lo encontró estudiando. Lo castigaron y no pudo regresar. Es muy triste ver que sus padres prefirieran que pasara las tardes jugando en la calle y con malas compañías en vez de dejarlo ir a aprender. Todavía no logro entender por qué. Por el contrario, acá en Santa Marta, María e Hilda hacen el viaje desde Ciénaga, con ayuda de una profesora vecina de su comunidad, para dedicar las mañanas de los sábados a aprender a leer. Poco a poco están descifrando las combinaciones de las letras mientras trabajamos en proyectos sencillos, como aprender a hacer postres.
Otra de las cosas dolorosas que descubrí en Cahuasqui fue que la única biblioteca pública del pueblo fue unificada con la biblioteca escolar. Se cerró al público y la persona que estaba a cargo de administrarla, pasó de ser la bibliotecaria del pueblo; que hacía actividades de promoción de lectura con toda la comunidad e incluso actividades de extensión de servicios a las comunidades más alejadas del caso urbano de la parroquia, como Guanibuela y la Forida, a caballo, y pasaba algunos días compartiendo sus libros con niños y adultos; a ser la secretaria del colegio. Y la biblioteca, pasó de estar abierta al público de todas las edades en el pueblo, a estar encerrada y cerrada en el colegio. Perfecta aplicación de la frase “ni raja, ni presta el hacha” a las autoridades educativas del Ecuador, a quienes les reconozco grandes logros pero también graves equivocaciones como esta.

LOS ADOLESCENTES


Después de finalizar el primer curso llegaron al taller de tareas tres grupos distintos. Los adolescentes, un grupo nuevo para clases de inglés y tres de mis alumnos del primer curso. Al principio estaban todos juntos en el mismo espacio, y mi idea era manejar el grupo siguiendo los principios de la metodología de escuela nueva. Pero lo niños no lo aceptaron. Todos querían atención inmediata y estaban celosos del tiempo que se le dedicaba a los demás, sin contar con las múltiples alteraciones del orden en la clase que se presentaron con la llegada de los mayores. Eso me obligó a abrir tres cursos. Un nivel básico para los adolescentes, un nivel básico para niños y un nivel básico dos para quienes ya habían adelantado el básico uno.
Los adolescentes fueron un reto no superado. Fue interesante darles clase, pero creo que estaban en clase más por la necesidad de las madres y abuelas de tenerlos ocupados haciendo algo distinto a ver televisión o estar en Internet, lo que me dejaba en un rol distinto al de profesora de inglés. Comenzaron por preguntar la cátedra de malas palabras en inglés (que les fue dada con la explicación correspondiente a porque no deberían usar esa clase de lenguaje y la prohibición de usarlo en clase. También tuvimos interesantes conversaciones acerca de música, arte, narcotráfico, internet, libertad de expresión etc… cada conversación acompañada de las respectivas explicaciones acerca de las implicaciones de sus acciones para su vida. Algunos estuvieron un mes y otros dos, pero al final, quien renunció a tenerlos en clase fui yo. Lo hice porque creo firmemente que el aprendizaje sólo puede darse cuando alumno y maestro están interesados en el proceso. Y este no era el caso. Al final del segundo curso tuve una conversación sincera con las más y les sugerí inscribir a los muchachos en temas que fueran de su interés. No sé si me hicieron caso, pero para los muchachos eso era lo más indicado. Dedicar su interés y su energía a las cosas que los apasionaban. Infortunadamente no está dentro de mis capacidades dictar clases de arte, de música y de danza.
Luego tuve otro grupo con adolescentes en el nivel inicial de inglés, realmente interesados en el inglés, lo que hizo interesante y sencillo llevar a cabo el curso.
De mi trabajo con los adolescentes me queda la inquietud de cómo las autoridades municipales, los colegios y los padres pueden asumir la gran responsabilidad de ofrecer alternativas para el buen uso del tiempo libre a los jóvenes. Son tantas las cosas atractivas y dañosas que encuentran en la televisión y el internet que la competencia es dura.

LOS AHORROS DE LOS NIÑOS EN CAHUASQUI


Después de mis primeras clases me di cuenta de que algunos niños tenían problemas para hacer el pago del valor del curso. En una ocasión uno de los niños, que me había pedido plazo para hacer el pago uno días más tarde, me llegó con 9.50 dólares en lugar de los 10 acordados. Contamos las monedas que traía y efectivamente faltaban 50 centavos. Entonces me contó que había conseguido el dinero trabajando en el restaurante de su tía y ahorrando para poder venir a clases. Lo felicité y le dije que no se preocupara por los 50 centavos mientras me tragaba mis lágrimas. Me enternece pensar que un niño trabaje para pagar sus propias clases, cuando con seguridad otros se lo habrían gastado en dulces o juguetes. Entonces otros niños comentaron acerca de sus ahorros. Algunos habían recibido dinero de sus familiares como regalo de navidad o de cumpleaños y habían comprado animales, que estaban al cuidado de sus padres o parientes en el páramo y tan pronto crecieran y engordaran se convertirían en un pequeño capital. Otros ahorraban el dinero de su trabajo ayudando en casa para ayudar a comprar sus útiles escolares o su ropa al final del año. Otros confesaron que se habían gastado grandes sumas de sus ahorros en aparatos tecnológicos que usaban para jugar. Juguetes caros o golosinas.
Me sentí orgullosa de mis alumnos. Por su capacidad de ahorro y su inteligencia financiera. Me sentí culpable. Si yo hubiera tenido la capacidad de ahorro de mis alumnos durante todos mis años como empleada, seguramente habría amasado una pequeña fortuna que me permitiría tener independencia económica y a lo mejor, por qué no, mi propio colegio. En lo único en lo que coincido con mis alumnos es en haber empleado el dinero que gané en mi propia educación. La mejor inversión que pude haber hecho.
También hicimos ejercicios de autofinanciación. Al darme cuenta de que algunos de los niños no tenían dinero para pagar les propuse hacer un postre y venderlo para ganar el dinero para algunos de ellos pudieran asistir a las clases. Por supuesto era más fácil darles las clases sin cobrar, pero no sería justo con los demás, que habían ahorrado y con los padres que con mucho esfuerzo les estaban pagando la mensualidad a sus hijos. El día de la elaboración del postre, todos llegaron. Los que necesitaban financiación y los que no. Todos trabajaron, unos más que otros, todos comieron, tuvimos inconvenientes con las ganancias porque parte del dinero se perdió, pero nos divertimos. Llegué a la conclusión de que era mejor no hacerlo porque se prestaba para malos entendidos con los padres y con los mismos niños. Después de tener las ganancias algunos se retiraron y otros pidieron el dinero para invertirlo en otras cosas. Era más trabajo para mí. Sin embargo rescato del ejercicio que aprendieron a hacer planes, cuentas, a comprar y a vender y seguramente esos conocimientos les serán útiles en algún momento de sus vidas.

LAS LECCIONES DEL PRIMER CURSO


Para el primer curso desarrollé algunos contenidos para las clases de inglés. Los contenidos debían incluir cosas básicas y cubrir los contenidos del libro de inglés usado por el colegio. Entonces, el curso tuvo como contenidos los números, el abecedario, cómo saludar y presentarse, los colores, las frutas, las formas, algunas preposiciones, las partes del cuerpo y vocabulario relacionado con las partes de la casa. Debido a que se trataba de un curso realizado en el tiempo libre de los niños, la metodología elegida fue aprender jugando. Cada tema se presentaba de manera general, apoyado por uno o varios juegos para aprenderlo. Aunque los temas estaban planeados para una sesión, con el paso de las primeras clases me di cuenta de la importancia de asegurar que los niños hubieran aprendido antes de pasar al siguiente. De nada sirve tratar todos los temas si los niños no aprenden. En el primer curso no estaba contemplado hacer proyectos, sin embargo una de las actividades que más disfrutaron los niños fue realizar una artesanía para entregarla como regalo a sus padres el día de la reunión final. Durante las clases dedicadas a pintar una figura de cerámica, los niños reforzaron sus conocimientos de los colores, y las partes del cuerpo, pero sobre todo mostraron su creatividad y disfrutaron de trabajar en equipo. A partir del éxito en esta actividad, surgió la idea de dedicar la última semana del curso a la realización de un proyecto personal o en grupo, de libre elección, aplicando los conocimientos de inglés adquiridos en el curso, para mostrar a los padres el día de la reunión final.
La reunión final también sirvió para dar a conocer muchos de los talentos de los niños. Tanto en la preparación de la misma como en su desarrollo los niños mostraron sus habilidades comunicativas, de organización, sus avances en pronunciación y su excelente memoria. También fue muy especial ver el orgullo de los padres al ver los avances de los niños y al leer la evaluación (cualitativa) de sus hijos.
Otra de las decisiones tomadas a partir del primer curso fue la de hacer un contrato por las clases, para dejar claras las responsabilidades de niños, padres y el profesor. Firmado por las tres partes, para asegurar que los niños y padres de familia se identificaran como parte del proceso de aprendizaje y dejar de lado la idea de que el único responsable de que los niños aprendan es el profesor.
El aspecto más difícil de manejar fue el tema financiero. Los niños que comenzaron a asistir a clases sin pagar al momento de la inscripción tuvieron muchas dificultades para hacer los pagos. Aunque el valor inicial de cada clase era de un dólar con cincuenta centavos, finalmente, los niños que tomaron el curso completo pidieron un descuento y el valor del curso fue de veinte dólares por veinte clases. Los pagos se hicieron casi hasta el momento de la reunión final lo que hizo difícil la compra de los materiales durante el curso. También una estudiante se retiró sin pagar aunque asistió a un poco más de la mitad de las clases, Por esta razón decidí que era mejor establecer dos pagos, uno al momento de la inscripción y otro a la mitad del curso.

DE APOYO DE TAREAS A CLASES DE INGLÉS


Después de un par de meses de descanso desde que presenté mi carta de renuncia a mi último trabajo, que vino acompañada de grandes cambios en mi vida, llegó el momento de decidir a qué me iba a dedicar de ahí en adelante. Ya había pasado un par de meses escondiéndome de mis sueños en las tareas domésticas y en las lecciones de jardinería cuando llegaron las preguntas de nuevo a mi cabeza: ¿Será que llegó el momento de llevar a la práctica mi sueño de trabajar en educación? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Educación formal o no formal? Había conocido un proyecto precioso de escuela no tradicional en Brasil, Lumiar School, y tenía la idea de desarrollar mi proyecto bajo las premisas de partir del interés en aprender, la curiosidad, el respeto por la manera de aprender de cada niño, la responsabilidad de los niños y la de los padres de familia en el aprendizaje y contar con el apoyo de la comunidad en el proyecto. Tras algunos días de conversaciones con mi esposo, llegamos a la conclusión de que debía ensayar mi pequeño proyecto en el pueblo, con los niños de Cahuasquí y que era importante consultar a las madres del pueblo acerca de sus necesidades en educación. Así, una de las señoras del pueblo me sugirió empezar a dar clases de inglés en lugar del apoyo de tareas que yo tenía en mente. Y surgieron más preguntas ¿Cobrar o no cobrar? ¿Cobro diario o mensual? Decidí cobrar un valor simbólico, un dólar con cincuenta centavos por la clase de inglés o la hora de apoyo en la realización de los deberes, para que tanto padres como niños se sintieran comprometidos con la asistencia durante el mes de clases propuesto. Organicé el espacio que mi esposo me prestó en el apartamento para hacer de él un salón de clases. Dedicamos un fin de semana a pintar el lugar, pintar las mesas y sillas y decorarlo con algunos afiches. Una de mis amigas en el pueblo, Susana Pinto, me regaló libros de educación básica en Ecuador y algunos cuentos para iniciar la pequeña biblioteca del Taller de tareas.
Coloqué en diferentes lugares del pueblo los anuncios de la apertura de las clases, le avisé a los conocidos y esperé que algún niño se inscribiera. Pasó la semana de inscripciones y no recibí sino una sola llamada. Cuando abrí el Taller el siguiente lunes, sólo dos niños estaban inscritos y una vecina se había mostrado interesada en que su nieto asistiera a las clases. Esperé tres alumnos. Ese día, llegaron muy puntuales Patricio, Maité y Sebastián Cazar. Una vez enterados los vecinos, me prometieron que al siguiente día tendría más niños. Al día siguiente llegaron cuatro niños más: Sebastián Gordillo, los vecinos Lenin y Jhair y Aneth. Sólo recibí el pago inicial de dos niños. Durante la semana, a medida que íbamos avanzando en las clases, los niños decidieron que harían las clases de inglés y después los deberes, dos por el precio de uno.
Unos días después y de manera intermitente comenzó a asistir a clases Ayleen. Ocho alumnos. Al final de la semana, cuando ya nos estábamos acostumbrando a la rutina escolar, sólo seis niños pudieron continuar porque dos no tuvieron permiso y apoyo de su familia. Fue muy triste descubrir que, aunque el dólar con cincuenta centavos era un valor simbólico, menos que el valor de las golosinas que los niños llevaban a clases o que el valor de una cerveza, el tema económico sería una barrera para algunos niños interesados en aprender. No fue posible convencer a la familia para enviarlos, incluso ofreciéndoles facilidades para el pago.