martes, 1 de mayo de 2018

DE APOYO DE TAREAS A CLASES DE INGLÉS


Después de un par de meses de descanso desde que presenté mi carta de renuncia a mi último trabajo, que vino acompañada de grandes cambios en mi vida, llegó el momento de decidir a qué me iba a dedicar de ahí en adelante. Ya había pasado un par de meses escondiéndome de mis sueños en las tareas domésticas y en las lecciones de jardinería cuando llegaron las preguntas de nuevo a mi cabeza: ¿Será que llegó el momento de llevar a la práctica mi sueño de trabajar en educación? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Educación formal o no formal? Había conocido un proyecto precioso de escuela no tradicional en Brasil, Lumiar School, y tenía la idea de desarrollar mi proyecto bajo las premisas de partir del interés en aprender, la curiosidad, el respeto por la manera de aprender de cada niño, la responsabilidad de los niños y la de los padres de familia en el aprendizaje y contar con el apoyo de la comunidad en el proyecto. Tras algunos días de conversaciones con mi esposo, llegamos a la conclusión de que debía ensayar mi pequeño proyecto en el pueblo, con los niños de Cahuasquí y que era importante consultar a las madres del pueblo acerca de sus necesidades en educación. Así, una de las señoras del pueblo me sugirió empezar a dar clases de inglés en lugar del apoyo de tareas que yo tenía en mente. Y surgieron más preguntas ¿Cobrar o no cobrar? ¿Cobro diario o mensual? Decidí cobrar un valor simbólico, un dólar con cincuenta centavos por la clase de inglés o la hora de apoyo en la realización de los deberes, para que tanto padres como niños se sintieran comprometidos con la asistencia durante el mes de clases propuesto. Organicé el espacio que mi esposo me prestó en el apartamento para hacer de él un salón de clases. Dedicamos un fin de semana a pintar el lugar, pintar las mesas y sillas y decorarlo con algunos afiches. Una de mis amigas en el pueblo, Susana Pinto, me regaló libros de educación básica en Ecuador y algunos cuentos para iniciar la pequeña biblioteca del Taller de tareas.
Coloqué en diferentes lugares del pueblo los anuncios de la apertura de las clases, le avisé a los conocidos y esperé que algún niño se inscribiera. Pasó la semana de inscripciones y no recibí sino una sola llamada. Cuando abrí el Taller el siguiente lunes, sólo dos niños estaban inscritos y una vecina se había mostrado interesada en que su nieto asistiera a las clases. Esperé tres alumnos. Ese día, llegaron muy puntuales Patricio, Maité y Sebastián Cazar. Una vez enterados los vecinos, me prometieron que al siguiente día tendría más niños. Al día siguiente llegaron cuatro niños más: Sebastián Gordillo, los vecinos Lenin y Jhair y Aneth. Sólo recibí el pago inicial de dos niños. Durante la semana, a medida que íbamos avanzando en las clases, los niños decidieron que harían las clases de inglés y después los deberes, dos por el precio de uno.
Unos días después y de manera intermitente comenzó a asistir a clases Ayleen. Ocho alumnos. Al final de la semana, cuando ya nos estábamos acostumbrando a la rutina escolar, sólo seis niños pudieron continuar porque dos no tuvieron permiso y apoyo de su familia. Fue muy triste descubrir que, aunque el dólar con cincuenta centavos era un valor simbólico, menos que el valor de las golosinas que los niños llevaban a clases o que el valor de una cerveza, el tema económico sería una barrera para algunos niños interesados en aprender. No fue posible convencer a la familia para enviarlos, incluso ofreciéndoles facilidades para el pago.

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