Después de un par de meses de descanso desde que presenté mi
carta de renuncia a mi último trabajo, que vino acompañada de grandes cambios
en mi vida, llegó el momento de decidir a qué me iba a dedicar de ahí en
adelante. Ya había pasado un par de meses escondiéndome de mis sueños en las
tareas domésticas y en las lecciones de jardinería cuando llegaron las preguntas
de nuevo a mi cabeza: ¿Será que llegó el momento de llevar a la práctica mi
sueño de trabajar en educación? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Educación formal o no formal? Había
conocido un proyecto precioso de escuela no tradicional en Brasil, Lumiar
School, y tenía la idea de desarrollar mi proyecto bajo las premisas de partir
del interés en aprender, la curiosidad, el respeto por la manera de aprender de
cada niño, la responsabilidad de los niños y la de los padres de familia en el
aprendizaje y contar con el apoyo de la comunidad en el proyecto. Tras algunos
días de conversaciones con mi esposo, llegamos a la conclusión de que debía
ensayar mi pequeño proyecto en el pueblo, con los niños de Cahuasquí y que era
importante consultar a las madres del pueblo acerca de sus necesidades en
educación. Así, una de las señoras del pueblo me sugirió empezar a dar clases
de inglés en lugar del apoyo de tareas que yo tenía en mente. Y surgieron más
preguntas ¿Cobrar o no cobrar? ¿Cobro diario o mensual? Decidí cobrar un valor
simbólico, un dólar con cincuenta centavos por la clase de inglés o la hora de
apoyo en la realización de los deberes, para que tanto padres como niños se
sintieran comprometidos con la asistencia durante el mes de clases propuesto.
Organicé el espacio que mi esposo me prestó en el apartamento para hacer de él
un salón de clases. Dedicamos un fin de semana a pintar el lugar, pintar las
mesas y sillas y decorarlo con algunos afiches. Una de mis amigas en el pueblo,
Susana Pinto, me regaló libros de educación básica en Ecuador y algunos cuentos
para iniciar la pequeña biblioteca del Taller de tareas.
Coloqué en diferentes lugares del pueblo los anuncios de la
apertura de las clases, le avisé a los conocidos y esperé que algún niño se
inscribiera. Pasó la semana de inscripciones y no recibí sino una sola llamada.
Cuando abrí el Taller el siguiente lunes, sólo dos niños estaban inscritos y
una vecina se había mostrado interesada en que su nieto asistiera a las clases.
Esperé tres alumnos. Ese día, llegaron muy puntuales Patricio, Maité y
Sebastián Cazar. Una vez enterados los vecinos, me prometieron que al siguiente
día tendría más niños. Al día siguiente llegaron cuatro niños más: Sebastián Gordillo,
los vecinos Lenin y Jhair y Aneth. Sólo recibí el pago inicial de dos niños.
Durante la semana, a medida que íbamos avanzando en las clases, los niños
decidieron que harían las clases de inglés y después los deberes, dos por el
precio de uno.
Unos días después y de manera intermitente comenzó a asistir
a clases Ayleen. Ocho alumnos. Al final de la semana, cuando ya nos estábamos
acostumbrando a la rutina escolar, sólo seis niños pudieron continuar porque
dos no tuvieron permiso y apoyo de su familia. Fue muy triste descubrir que,
aunque el dólar con cincuenta centavos era un valor simbólico, menos que el
valor de las golosinas que los niños llevaban a clases o que el valor de una
cerveza, el tema económico sería una barrera para algunos niños interesados en
aprender. No fue posible convencer a la familia para enviarlos, incluso
ofreciéndoles facilidades para el pago.

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