Después de mis
primeras clases me di cuenta de que algunos niños tenían problemas para hacer
el pago del valor del curso. En una ocasión uno de los niños, que me había
pedido plazo para hacer el pago uno días más tarde, me llegó con 9.50 dólares
en lugar de los 10 acordados. Contamos las monedas que traía y efectivamente
faltaban 50 centavos. Entonces me contó que había conseguido el dinero
trabajando en el restaurante de su tía y ahorrando para poder venir a clases.
Lo felicité y le dije que no se preocupara por los 50 centavos mientras me
tragaba mis lágrimas. Me enternece pensar que un niño trabaje para pagar sus
propias clases, cuando con seguridad otros se lo habrían gastado en dulces o
juguetes. Entonces otros niños comentaron acerca de sus ahorros. Algunos habían
recibido dinero de sus familiares como regalo de navidad o de cumpleaños y
habían comprado animales, que estaban al cuidado de sus padres o parientes en
el páramo y tan pronto crecieran y engordaran se convertirían en un pequeño
capital. Otros ahorraban el dinero de su trabajo ayudando en casa para ayudar a
comprar sus útiles escolares o su ropa al final del año. Otros confesaron que
se habían gastado grandes sumas de sus ahorros en aparatos tecnológicos que
usaban para jugar. Juguetes caros o golosinas.
Me sentí orgullosa de mis alumnos. Por su capacidad de
ahorro y su inteligencia financiera. Me sentí culpable. Si yo hubiera tenido la
capacidad de ahorro de mis alumnos durante todos mis años como empleada,
seguramente habría amasado una pequeña fortuna que me permitiría tener
independencia económica y a lo mejor, por qué no, mi propio colegio. En lo
único en lo que coincido con mis alumnos es en haber empleado el dinero que
gané en mi propia educación. La mejor inversión que pude haber hecho.
También hicimos ejercicios de autofinanciación. Al darme
cuenta de que algunos de los niños no tenían dinero para pagar les propuse
hacer un postre y venderlo para ganar el dinero para algunos de ellos pudieran
asistir a las clases. Por supuesto era más fácil darles las clases sin cobrar,
pero no sería justo con los demás, que habían ahorrado y con los padres que con
mucho esfuerzo les estaban pagando la mensualidad a sus hijos. El día de la
elaboración del postre, todos llegaron. Los que necesitaban financiación y los
que no. Todos trabajaron, unos más que otros, todos comieron, tuvimos
inconvenientes con las ganancias porque parte del dinero se perdió, pero nos
divertimos. Llegué a la conclusión de que era mejor no hacerlo porque se prestaba
para malos entendidos con los padres y con los mismos niños. Después de tener
las ganancias algunos se retiraron y otros pidieron el dinero para invertirlo
en otras cosas. Era más trabajo para mí. Sin embargo rescato del ejercicio que
aprendieron a hacer planes, cuentas, a comprar y a vender y seguramente esos
conocimientos les serán útiles en algún momento de sus vidas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario