Después de finalizar el primer curso llegaron al taller de
tareas tres grupos distintos. Los adolescentes, un grupo nuevo para clases de
inglés y tres de mis alumnos del primer curso. Al principio estaban todos
juntos en el mismo espacio, y mi idea era manejar el grupo siguiendo los
principios de la metodología de escuela nueva. Pero lo niños no lo aceptaron.
Todos querían atención inmediata y estaban celosos del tiempo que se le
dedicaba a los demás, sin contar con las múltiples alteraciones del orden en la
clase que se presentaron con la llegada de los mayores. Eso me obligó a abrir
tres cursos. Un nivel básico para los adolescentes, un nivel básico para niños
y un nivel básico dos para quienes ya habían adelantado el básico uno.
Los adolescentes fueron un reto no superado. Fue interesante
darles clase, pero creo que estaban en clase más por la necesidad de las madres
y abuelas de tenerlos ocupados haciendo algo distinto a ver televisión o estar
en Internet, lo que me dejaba en un rol distinto al de profesora de inglés.
Comenzaron por preguntar la cátedra de malas palabras en inglés (que les fue
dada con la explicación correspondiente a porque no deberían usar esa clase de
lenguaje y la prohibición de usarlo en clase. También tuvimos interesantes
conversaciones acerca de música, arte, narcotráfico, internet, libertad de
expresión etc… cada conversación acompañada de las respectivas explicaciones
acerca de las implicaciones de sus acciones para su vida. Algunos estuvieron un
mes y otros dos, pero al final, quien renunció a tenerlos en clase fui yo. Lo
hice porque creo firmemente que el aprendizaje sólo puede darse cuando alumno y
maestro están interesados en el proceso. Y este no era el caso. Al final del
segundo curso tuve una conversación sincera con las más y les sugerí inscribir
a los muchachos en temas que fueran de su interés. No sé si me hicieron caso,
pero para los muchachos eso era lo más indicado. Dedicar su interés y su
energía a las cosas que los apasionaban. Infortunadamente no está dentro de mis
capacidades dictar clases de arte, de música y de danza.
Luego tuve otro grupo con adolescentes en el nivel inicial de
inglés, realmente interesados en el inglés, lo que hizo interesante y sencillo
llevar a cabo el curso.
De mi trabajo con los adolescentes me queda la inquietud de
cómo las autoridades municipales, los colegios y los padres pueden asumir la
gran responsabilidad de ofrecer alternativas para el buen uso del tiempo libre
a los jóvenes. Son tantas las cosas atractivas y dañosas que encuentran en la
televisión y el internet que la competencia es dura.

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