Desde que llegué a Cahuasquí tuve la intención de trabajar como voluntaria. Hice un primer intento de acercarme al colegio tan pronto como llegué al pueblo, en el que busqué a la rectora, le conté de mis intenciones de vivir en el pueblo y le ofrecí mi ayuda como voluntaria. Amablemente ella me explicó que no era posible que estuviera en el colegio todo el tiempo y declinó mi oferta.Después de unos meses de haber abierto el taller y tener organizado mi horario, conocí a Diane, madre de tres niños, de Luxemburgo, quien se encontraba en Cahuasquí en la maravillosa experiencia de viajar con su esposo y sus hijos un año, en el Ecuador, trabajando como voluntarios y permitiendo que sus hijos conocieran otras maneras de ver el mundo. Al final de su viaje por Ecuador, Diane me ofreció intermediar con el colegio para intentar nuevamente ofrecer mis servicios como voluntaria. Tras una breve conversación con el nuevo rector y la administradora, me permitieron ir en calidad de profesora de inglés de los cursos de primaria. Yo estaba feliz. Por fin iba a poder darle clases a todos los niños, sin tener que preocuparme por el dinero. De todas maneras no me iban a pagar, al menos inicialmente. Debo reconocer que me interesaba acercarme al colegio para intentar conseguir un trabajo formal como docente, porque aunque mi trabajo en educación obedece más a mi pasión por el tema que a interés económico, mis finanzas no andaban muy bien, así que poder trabajar de manera formal era una buena manera de resolver mis problemas.
Tendría clase los martes y los jueves, una hora por semana en cada grado. Al principio pensé que iba a perder mis alumnos de las tardes. Pero tanto los padres como los niños, pronto se dieron cuenta de que una hora cada semana no es suficiente para aprender un segundo idioma. Sin embargo, para algunos de los niños que no podían ir al taller, era interesante tener la opción de tener al menos una hora de clases de inglés cada semana. Otros simplemente estaban disfrutando el cambio en su jornada de aprendizaje, otra persona, otra voz, un método distinto.Entre los profesores fui más o menos bien recibida. Algunos cumplieron el compromiso de quedarse conmigo durante la hora de clase para hacerse cargo de la disciplina. Al principio era un poco molesto para ellos interrumpir su clase para hacer espacio para el inglés, pero con el tiempo me integraron a sus actividades, me invitaron a pasar con ellos el tiempo del descanso y a compartir las onces. Cada día, pasábamos el tiempo del recreo de los niños disfrutando de algún plato típico, y de una breve conversación en la que tuve la oportunidad de conocer un poco más de cerca el sistema educativo del Ecuador.
En esas sesiones me enteré de que la mayoría de los maestros estaban nombrados de manera provisional; que los cambios en las políticas educativas los beneficiaban en cuanto al salario pero que habían perdido muchos de sus tiempos libres; que ya en el país no se contaba con muchos colegios en las áreas rurales, sino que se había dispuesto de mecanismos como transporte escolar y refrigerios para concentrar a los niños en las Unidades Educativas del Milenio; que todos vivían en la ciudad y viajaban diariamente a las parroquias en las que dictaban sus clases; que muchos querían ser trasladados a instituciones más cercanas a sus hogares.
Las dos mejores experiencias siendo profesora voluntaria en el pueblo fueron cuando el primer fin de semana salí a hacer el mercado y los niños me saludaron en la plaza "profe, profe" y cuando, una tarde, subiendo hacia la casa me encontré con dos de mis alumnos que estaban recogiendo leña en la carretera y de pronto uno de ellos se acercó y me abrazó. Nunca logré que mi trabajo pasara de ser voluntario a ser pago, pero esas dos experiencias no tienen precio. Creo que mis compañeros de trabajo, viviendo en la ciudad, no tuvieron la oportunidad de conocer a sus alumnos tan bien como yo, viviendo en el pueblo. Considero que para un maestro es necesaria la experiencia de conocer la vida de sus alumnos más allá de las paredes del colegio, para poder encontrar, a partir del conocimiento de sus vidas cotidianas, mejores maneras de enseñarles, pero sobre todo de disfrutar del cariño sincero e inocente que ofrecen los niños a todo aquel que muestra interés en conocerlos y formar parte de sus vidas.
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