Mi historia con la música es bastante particular. Crecí entre dos mundos: uno en el que mi papá disfrutada de las grandes obras de la música clásica que transmitía la Radiodifusora Nacional de Colombia, cuya señal llegaba inclusive a nuestro pequeño pueblo en Boyacá y otro, en el que el resto del pueblo escuchaba la voz de Garagoa, que transmitía, además de las noticias locales una variada programación que incluía la música romántica de los 70s, música campesina boyacense y música ranchera (Como la sombra de un fantasma por las noches... era la frase que indicaba que eran las 5 de de la mañana o de la tarde). Otra emisora muy difícil de captar con nuestra vieja radiograbadora, era radio Tequendama, donde transmitían música norteamericana (rock y pop de los 70s de los que no entendíamos sino un par de palabras pero eran nuestro contacto con un mundo remoto y moderno al que todos queríamos acceder).
De niña, escuchar música clásica era más bien una obligación que un placer. Mi papá me pedía que me sentara a su lado a escuchar la música de su emisora favorita hasta cuando se dormía o la señal se perdía, mientras me daba el sermón de que la música clásica era la música que escuchaba la gente culta y todos los beneficios que iba a tener por escucharla. Muchas tardes de mi vida me senté a regañadientes a escuchar la música que a mi papá tanto le gustaba, más por complacerlo que porque encontrara alguna satisfacción personal en hacerlo. La música romántica estaba siempre presente en la cocina, al gusto de la empleada de turno y no puedo recordar si mi mamá tenía alguna preferencia en particular. Otro recuerdo musical que marcó mi infancia era la música del tiple con que iniciaba el programa "Mañanitas Valletenzanas" junto con el cacareo de la gallinas en los días azules de mis vacaciones en la casa de mi abuela.
Con el paso por la adolescencia casi me olvidé de la música clásica. Pasé por la adolescencia oyendo rock en español y música bailable. Con la rebeldía propia de esa edad, la música clásica pasó a ser uno de los puntos de desacuerdo con mi papá. Mientras tanto aprendí a escuchar y a bailar algo de salsa, merengue dominicano y un poco de vallenato. Y a cantar a todo pulmón las canciones de los grupos de moda en los 80s.
Con el paso de los años me fui quedando con una selección bastante particular. Cuando alguien me pregunta qué música me gusta la respuesta es invariable: Un poco de cada género, pero no todo de todo. Y nada de reggaeton (que a mi modo de ver, ni siquiera clasifica dentro la categoría música).
En general trato de armonizar la música que escucho con mi estado de ánimo. Jazz clásico para las tardes de sol, rock en español o kpop cuando estoy haciendo actividad física, música romántica para hacer oficio (música para planchar), nueva trova cubana y Serrat cuando quiero cantar y música clásica cuando necesito estar concentrada y pensar. En cualquiera de esos estados de ánimo una buena canción puede poner una sonrisa en mis labios o lágrimas en mis ojos.
Estos días han sido de regreso a algunas de las obras de la música clásica de mi infancia. A escucharlas y verlas desde una nueva perspectiva. La perspectiva de la edad... a escuchar y a sentir la música de una manera diferente. Es una de la ventajas de la edad... el gusto mejora con el tiempo...
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