miércoles, 25 de mayo de 2016

COSAS PARA LLEVAR Y COSAS PARA DEJAR EN LA RUTA SPONDYLUS

Frente a mí se extienden kilómetros y kilómetros de playa. En una mañana gris y con un poco de bruma comienzo mi recorrido por las playas del sur del Ecuador, un viaje del que no espero tanto la llegada a un destino en particular, como un encuentro real conmigo misma. Frente a mí, a unos metros una pareja busca estrellas de mar y mentalmente deseo que las olas lleguen antes que ellos, a dar a esas magníficas criaturas marinas una nueva oportunidad de vida.

Durante la noche se depositaron en la playa una gran cantidad de conchas, caracoles y piedras. Mientras camino, decido que me quiero llevar la imagen de cada una de ellas sin tocarla. Por la historia sé que los antiguos las consideraban valiosas y en sus manos hubieran podido representar un tributo a sus dioses o la oportunidad de intercambio por otros productos preciosos de la época. Para mí, son la ilustración perfecta de cómo desprenderme de las cosas que pesan en mi vida, las cosas que vine a dejar en este viaje.

Las conchas descansan solas o en pares, y vienen en una gama de colores que van desde el blanco hasta el morado oscuro, casi negro. Delicadas y perfectas. Fueron el escudo de un pequeño ser que durante su vida generó capas y capas de protección iridiscente que ahora yace abandonada en las arenas de la playa mientras su habitante las dejó para pasar a otro plano con aguas y arenas diferentes donde su concha actual solo es peso que ya no puede darse el lujo de llevar consigo. Igual que ellos, voy dejando atrás capas y capas de recuerdos que me impiden avanzar a una vida diferente en el futuro.

De las piedras solo llega a la playa el corazón. Durante su camino por selvas y montañas fueron dejando en sus choques con otras y en su contacto con el agua toda la capa gris que las componía originalmente. Fueron perdiendo sus puntas y contornos rugosos, su forma particular para transformarse en brillantes y pulidas gemas de colores que el río deposita en la playa a su llegada al mar. El viaje de las piedras hasta el mar le da sentido a cada golpe de la vida, que si no me quiebra, me saca brillo y quita de mi vida todo lo que me sobra hasta dejar pulido el interior y el corazón expuesto a la vida misma.

Casi sin darme cuenta llegué al final de la playa... y casi sin darme cuenta llegué al final del viaje. Las lágrimas que rodaron por mis mejillas durante el recorrido cayeron en la playa y hoy se confunden con el agua del mar. Las cosas que vine a dejar quedaron como una cocha vacía, abandonadas en la playa y llevo conmigo una colección se recuerdos nuevos, brillantes y pulidos por el viaje que es la vida. Listos para ser compartidos.


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