Pedro salió de la oficina un poco antes de las seis de la tarde. pensó que la luz del día era suficiente para caminar hasta el parquedadero en donde había dejado el carro en la mañana. En su mente le estaba dando vuelta a todos los asuntos personales que durante el día había tenido la oportunidad de atender: Las citas médicas (por fin las había sacado todas!); la transferencia de la cantidad acostumbrada a su ex esposa que no era una obligación, porque ya los hijos habían salido de la universidad sino que era más una costumbre que no sabía cómo cortar; los pagos de las cuentas; la odiosa obligación de hacer mercado para sí mismo.
En su repaso encontró que todas las cosas estaban cumplidas. Mentalmente lamentó haber terminado tan pronto su listado de pendientes personales porque eso lo dejaba de frente a una noche sin tener nada que hacer... nada en que pensar... rápidamente llenó el espacio vacío de la noche con el programa de televisión que vería al llegar a la casa. Y en su mente recorrió la rutina diaria sin emociones asociadas. Tampoco había novedades en el trabajo. Ningún proyecto interesante, nada apasionante. Una serie de actividades grises que llenaban sus días uno tras otro.
Juan recorrió rápidamente la cuadra de la universidad. No se sentía cómodo caminando entre los estudiantes y los guardas de seguridad que los cuidaban. Tanto celador y tanto perro para cuidar unos cuantos celulares y unos pesos. No tenía intención de buscar su sustento en esa cuadra. Que otro se arriesgue a que lo muerdan los perros, pensó.
Sintió un dolor punzante en el abdomen. El hambre lo hizo olvidar que el dolor llevaba varios días localizado en el mismo lugar y la culpó de inmediato de su malestar. En su casa lo esperaba sólo el perro, también con hambre. De pronto, se sintió mal por no haberlo traído como compañía en su recorrido por las calles de la ciudad. No sabía muy bien porqué los humanos sentían más compasión por los animales que por sus mismos congéneres, pero era probable que alguien le hubiera dado algo de comida para el perro.
Pedro se aproximó lentamente al parque. Era justo esa hora de la tarde en que la luz del sol comienza a desaparecer mientras las luces de los carros y las luces de la ciudad se encienden lentamente. Sintió un poco de inquietud por estar caminando a solas en el parque a esa hora.
Juan comenzó a caminar de manera más pausada. El parque era su territorio. Conocía de memoria cada ladrillo y cada piedra así como a cada uno de los habitantes del lugar y sus escondrijos. Los últimos rayos de un sol rojo resaltaban las negras figuras de los árboles.
A medida que Pedro iba avanzando por el parque a oscuras lamentó no haber tomado un taxi. Hizo cuentas de la cantidad de dinero que llevaba en la billetera y pensó que serviría para apaciguar la avaricia de cualquiera que quisiera robarlo. Y poco a poco la inquietud del robo dio lugar a unos pensamientos más sombríos que se fueron apoderando de su mente: que pasa si me chuzan antes y buscan el dinero después? Ni siquiera me van a robar el teléfono, porque se me quedó en la gaveta del escritorio. No regresó a buscarlo porque sabía que nadie lo iba a llamar en la noche. Los temas de la oficina los podía tratar en la mañana y no tenía expectativas de llamadas personales.
Juan comenzó a buscar a su "cliente" entre los escasos transeúntes del parque. Que no esté muy cerca de la calle, para que no arme un escándalo; que esté distraído, para que la reacción sea más natural; no muy alto o fornido; no muy joven, no tenía la intención de encartarse con el maletín de un estudiante pobre del colegio cercano. Descartó a las pocas señoras de la parada del bus porque parecían conocerse entre sí y lo miraron con desconfianza mientras pasaba.
Ante la perspectiva de un atraco en el parque, Pedro pensó en sus hijos: No me van a extrañar... seguramente van a estar mejor sin mí, se dijo. La suma del dinero de los seguros y la devolución del dinero de su pensión les podía asegurar el nivel de vida al que estaban acostumbrados. Nunca antes lo buscaron para tener de él un consejo o una opinión. Ni su ex ni su familia tenían una relación cercana con él. Excepto por lo económico, no lo consideraban parte de sus vidas. Su vida significaba para ellos lo mismo que una cuenta bancaria.
Poco a poco los sueños cumplidos en sus días de vacaciones pasaron frente a sus ojos. Con tristeza pensó que ya los viajes, los platillos exóticos e incluso las mujeres en esos lugares paradisíacos conocidos en el pasado no le daban ninguna satisfacción. Tampoco tenía pendientes en ese sentido. Ninguna curiosidad espiritual o intelectual. Lo recorrió un escalofrío de pies a cabeza.
De pronto la idea de la muerte adquirió una forma muy real. Y no fue sólo una sospecha sino una necesidad inminente. Pedro ya no tenía pendientes... ni con los demás ni consigo mismo, excepto por la muerte misma.
A lo lejos Juan eligió a Pedro como su objetivo de la noche. Cumplía todos lo requisitos. Se aproximó a él sin prisa y lo abordó de manera natural, le mostró la punta del puñal que ocultaba en la chaqueta y le pidió que el entregara las cosas. Lentamente Pedro se abrió la chaqueta y le ofreció el costado a Juan para que hundiera su arma en el punto en el que no habría lugar a arrepentimientos. Con la mirada le suplicó que lo hiriera con rapidez. Casi sin darse cuenta Juan ejecutó la sentencia que indicaban los ojos de Pedro, le asestó un par de puñaladas y se alejó del lugar a pasos largos.
No buscó los pesos. Una persona consciente como él no tenía la intención de cobrar por hacer una obra de misericordia.
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