Un día más de trabajo... se levantó, guardó sus cosas en el bolso y su escritorio quedó limpio... listo para la jornada de trabajo siguiente. Caminó sin prisa por el largo corredor que formaban los cubículos grises de los empleados y salió sin despedirse de nadie. No era como en las mañanas cuando entraba saludando a todos aunque la única que le respondiera el saludo fuera la señora del aseo. En la tarde se iba sin hacer mucho ruido, para evitar la mirada de reproche de los que se iban a quedar a trabajar hasta que se apagara la luz del día.
Salió del edificio y sonrió... entre los árboles del parque aún se podía ver un sol rojo precioso, escondiéndose entre las montañas, más allá de la contaminación de la ciudad. Con esa luz, hasta el humo de las fábricas adquiría un aire de misterio. Caminó hasta su casa a vivir la segunda parte de su vida. Hacer ejercicio, un poco de oficio doméstico, cuidar de su familia. La parte fácil de la rutina. En su vida familiar no había muchas sorpresas pero era agradable, llevadera. La parte difícil empezaba los domingos en la tarde cuando se daba cuenta de que se estaba acabando el día y se acercaba un nuevo día de trabajo. Sentía un dolor punzante en el estómago y buscaba una película para adormecer su cerebro hasta el día siguiente. Hacer y deshacer, hacer para que otros deshagan o en el peor de los casos, no tener nada que hacer.
Nadie podía entender el porqué de sus quejas... trabajaba en una empresa reconocida, le pagaban bien y además no tenía mucho que hacer... era el trabajo soñado por muchas personas. Incluso hubo personas que la buscaron para averiguar cómo tener un trabajo como el suyo. Y sin embargo el desasosiego crecía cada día. No podía soportar tener que dejar su cama en las mañanas para salir a la oficina. Muchas veces en los segundos previos al sonido de la alarma, cuando aún estaba medio dormida se preguntaba que pasaría si simplemente no iba. Si alguien iba a notar su ausencia. Y luego en un golpe de realidad recordaba que debido a sus cuentas y a sus tarjetas de crédito no se podía dar el lujo de desaparecer. Y a regañadientes se levantaba, se arreglaba, usaba su ropa de oficina que en escala de grises mostraba al mundo su estado de ánimo y salía sin desayunar. Llegando a la oficina compraba un café caro (a precio de un almuerzo) y entraba al edificio con tiempo suficiente para subir los treinta pisos, tomarse el café con calma y revisar el correo.
Buscar entre miles de archivos un documento perdido, organizar de manera sistemática el correo electrónico para poder atender cualquier consulta en el futuro y aprobar las solicitudes de servicio o dirigirlas al responsable de atenderlas. Ocasionalmente aparecía un cliente despistado pidiendo ayuda por teléfono... en esos momentos se llenaba de paciencia y los atendía con la cortesía exigida por la empresa a las áreas de servicio. Horas y horas de interminables reuniones donde primaba el sinsentido y la necesidad de sobresalir a cualquier precio. Y ese era todo su mundo de ocho a cinco. A las cuatro y cuarenta y cinco comenzaba a cerrar los archivos, organizaba los papeles en su escritorio y se alistaba para salir. Su rutina era la misma cada día, cada semana. Los sábados para ir al siquiatra a contarle sus quejas, ir al spa en busca de algún tratamiento para su desidia, ir al cirujano a encontrar alguna imperfección en su cuerpo que borrar o ir a hacer compras. El domingo a la iglesia, almorzar fuera con su esposo y sus hijos y luego la película... Y era lunes de nuevo.
En su mente su trabajo era el mismo de Penélope, la esposa de Ulises, quien durante el día tejía la mortaja para su marido perdido y de noche deshacía lo tejido durante el día, para mantener a su familia a salvo de la avaricia de sus pretendientes. Ella. que amaba la lectura y que había soñado toda clase de aventuras para cuando fuera adulta, ahora estaba reducida a una vida sin sentido. Hacer y deshacer. Condenada a vivir atada a un escritorio en un mundo gris. De luto permanente.
Ya no tenía nada más que decir ni nadie a quien contarle. Todas las personas a su alrededor estaban de acuerdo en que debía quedarse en su trabajo. Hasta su siquiatra le había enumerado los múltiples beneficios que tenía en su trabajo y la imposibilidad de hacer algo diferente. No tenía ganas de hablar al respecto. Solo iba a dejar que los días pasaran uno tras otro sin pensar mucho. El tiempo que todo lo resuelve, también se iba a hacer cargo de su vida.
Y ese lunes de abril, llegó como siempre a su lugar, se tomó el café, dejó sus cosas y pasó a arreglarse un poco. De camino a su puesto se acercó a la ventana y descubrió que era la mañana era perfecta para escapar. No había ni una nube que empañara el azul del cielo y sintió como el sol comenzaba a tibiar el ambiente. Ese día se parecía a todos los días de su infancia cuando corría por el campo sin más preocupaciones que alcanzar una mariposa. O a todas las tardes de sentir el sol sobre su cuerpo a la orilla del río. A la dulzura de la comida hecha en casa por su abuela. Esa infancia sin obligaciones y sin arrepentimientos. El pasillo de cubículos grises aún estaba vacío... nadie la podía detener. Huyó por la ventana. Cuando la encontraron tenía una sonrisa infantil dibujada en los labios.
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